lunes, 26 de septiembre de 2011

ESCRIBIR POESÍA PARA LOS NIÑOS


ESCRIBIR  POESÍA PARA NIÑOS

                                                                                   Ramón Iván Suárez Caamal

Cierro los ojos y cuando los abro, las palabras que tengo junto a mí se convierten en canicas, trompos, un tren de cuerda. Hay pájaros, grillos, mariposas. Llueve y los relámpagos me dan miedo. Mamá canta un arrullo a mi hermanita. Papá teje sombreros de palma en su máquina de coser y el ruido acompasado de su labor me lleva a la estación pueblerina llena de gente, frutas, fardos, pregones mientras el ferrocarril se anuncia en la lejanía con su silbato y la trenza de humo que deja atrás. Tomo mi lapicero y escribo.

       ¡Claro, no es así de fácil!, sin embargo, por algún lugar se comienza. Escribir para niños conlleva sus propias dificultades, pero escribir de por sí es un reto, una aventura. Pienso que antes de ser escritor se es lector, lector gozoso, no importa la fuente, así sean historietas, revistas de entretenimiento, literatura oral recopilada (fábulas, leyendas, mitos), poemas de amor y, en estos tiempos de “aldea global”, Internet. Leer y escribir pueden ser dos gratificantes actividades: recrear y crear. ¿Cómo me acerqué a los libros? Ya lo había escrito antes:

Mis primeros contactos con la literatura se dieron a partir de los relatos de raíz maya que el Tío Justo, peluquero del pueblo de Calkiní, Campeche, nos narraba a los infantes mientras el tris-tras de sus tijeras arremetía contra nuestros cabellos. Me veo sentado y muy quieto en el cajón de madera que ponía sobre su silla de peluquero, embebido en la fabulación de su ágil fantasía de cuentero oral. Animales y monstruos del imaginario indígena del sureste de México poblaban nuestra atención entre el sonido metálico del pico de sus tijeras, la espuma aborregada del jabón y el brillo de la navaja de rasurar a la que sacaba filo pasándola una y otra vez en la correa de cuero que pendía a un costado de la silla. También están las incursiones al cuarto de trebejos de mi tía Monís, habitación de altas paredes carcomidas por el salitre y destechada por un huracán. Allí, entre cajas de cartón, encontré postales de gente vestida a la usanza de la moda de principios del siglo XX, fotografías de tono amarillento, cartas, documentos y el mayor tesoro: libros del tamaño de una caja de cerillos  –Los Cuentos de Calleja- en los que viví las peripecias de Gulliver, supe del sueño ligero de la princesa del guisante y me entretuve con las aventuras de aquel niño curioso que subió por una mata de frijoles a un castillo situado entre las nubes. Aunque –si la memoria no me traiciona- mi primera incursión a los versos fue en el Cancionero Picot que la efervescente sal de uvas repartía gratuitamente casa por casa…

Igualmente valoro –aunque a muchos pedagogos no les convenza- mis febriles lecturas de historietas que semana a semana aguardaba impaciente su aparición: Memín, Tawa, Chanoc, la Familia Burrón, y los superhéroes cuyos poderes usaban para combatir la delincuencia y salvar el mundo.

Yo empecé a escribir para niños hace 20 años. Tengo tres libros publicados, y posteriormente, hice el manual Una resortera para las palabras que sugería caminos para que los infantes pudieran escribir poesía. Recientemente, recibí una invitación de la SEP para escribir un poema dedicado al público infantil, para los libros de texto, pero por el tiempo, no pude entregar el encargo. Sin embargo, quedó la idea ahí, llegó la convocatoria del Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños y, pues, entré en el certamen. Escribí el libro llamado “Huellas de pájaros”, que son caligramas. Por ejemplo, si el poema habla de un gato, la forma del poema es la de un gato; además, de  respetar la rima, la música, la imagen y el humor, tomando algo de las Vanguardias y del Modernismo, especialmente de José Juan Tablada.

            G                    O
                 A         T

            El gato Garabato

        lame leche en el plato
          de la luna redonda.
                            No deja que

                               se esconda
               la rata en el zapato;
       para salir buen mozo,
 sin duda, en su retrato,
los bigotes se lame.
 A las gatitas ronda,
 -no es nada timorato-
  no hay gata que no ame
   con amor insensato.                                la
    Les lleva serenata                                 co
       a las bellas mininas                          su
        con un violín                              con
         que desafina                             le
            bajo la luz de plata            pu
             de la luna y su plato   que

          en un vaivén de ola
                 el gato Garabato.                                 
                                   


En una entrevista, un periodista afirmó que escribir para niños es de lo más difícil.  Yo lo veo con un enfoque diferente. Escribir para cualquier público tiene sus complicaciones. Por ejemplo, en la poesía para niños, uno debe de remontarse a su infancia, indiscutiblemente, al humor, a la gracia, a la imaginación y al juego:

Escribir para niños nace de escribir desde el niño que somos y nunca dejaremos de ser. Esto conlleva su dosis de asombro, inocencia, descubrimientos, humor, aventura, musicalidad, travesura lúdica de los sonidos y de los significados; es decir, equilibrio en un pie y en otro ¿el pie del lapicero? ¿o el dedo índice en las teclas? al saltar sobre la rayuela de las posibilidades infinitas de la imaginación.

Actualmente trabajo en otro proyecto: Letras para armar, que contiene arrullos, trabalenguas, adivinanzas, nonsenses, un abecedario fantástico, haikús, cancioncillas, etc. Pudiera ser que los poemas escritos para los niños acepten con mayor naturalidad la versificación de la métrica denominada de arte menor, las rimas, las estrofas y se nutran con la tradición popular de coplas, romances, rondas y corridos; aunque no por ello desdeñen el verso libre. En cuanto a la temática, se explora el mundo cotidiano del infante: sus juguetes, los objetos domésticos, las situaciones en la escuela y la familia, el zoo variado de insectos, peces, aves y alebrijes que mueven la cola y sacan la lengua mientras se esconden en un resquicio de los muros, debajo de las piedras o saltan de nube en nube o de renglón en renglón en los libros y cuadernos escolares. Quien quiera escribir para niños puede abrevar en las canciones de siega y escarda de la tradición en España, en las cancioncillas, nanas y poemas de García Lorca, Miguel Hernández y Nicolás Guillén, en los haikús de José Juan Tablada, en los textos de Gabriela Mistral, Mirta Aguirre, Jairo Aníbal Niño, Aquiles Nazoa y tantos excelentes escritores para niños que publican hoy; aunque también en la versificación popular y en los nonsenses y limericks de Edward Lear que plantean situaciones absurdas y divertidas, en el puro querer lírico, en la sinestesia, así como en las adivinanzas, trabalenguas y jitanjáforas. 

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